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El por qué.

Luna era Luz antes de ser Luna. 

Luna se movía como pez en el agua en el colegio: era extrovertida, amable, divertida, empática... Y todo ello, a pesar de varias piedrecitas en el camino. 

Porque Luna, que de aquella Luz, no era la más alta, no era la más delgada,... era la típica niña que tenía que usar zapatos ortopédicos casi hasta en educación física y era la no tan típica niña que le tocó sobrellevar una patología que afectaba al color de su piel... pero que, en esos momentos, no le afectaba al alma, a su luz. 

Todos la querían tal y como era: con sus detalles, con sus cosas, con sus defectos y con sus virtudes. Y, si alguna vez le ponían algún mote (¿a quién no?), ella era igualmente Luz, ella seguía con la cabeza bien alta, casi ajena a todo lo malo, más preocupada por ser, sencillamente, feliz. 

Pero el tiempo pasó. Los años se sucedían uno tras otro y, con ellos, los cambios. No siempre se es niño o niña, sino que pasas a ser un adolescente... Empiezas a tener más inquietudes (o, si no son más, son diferentes), a tener otras prioridades, a madurar poquito a poco... Luna, de aquella todavía Luz (menos Luz y más Luna), en esa transición de niña a adolescente, tuvo que aceptar la pérdida de dos amigos importantes para ella. Y la marcó. La marcó demasiado. Fue un antes y un después. Uno de ellos.

Empezó a preguntarse el por qué de todo. El por qué, si esos amigos eran buenos, si esos amigos tenían su edad, por qué se habían ido para siempre. ¿Por qué no una persona muy mayor en su lugar? ¿Por qué no un asesino en su lugar? Luna, de aquella poca Luz, había rezado por ellos, por los dos. Y, perpleja y triste, pudo comprobar que no había servido de nada. Y se empezó a enfadar con la vida. Porque ellos tendrían que tener el mismo derecho que ella a seguir viviendo, y no fue así. 

Recuerda haber llorado, haber pataleado, haber suplicado su vuelta aunque los hubiese visto a cada uno de ellos en su respectivo ataúd. Evidentemente, sin resultado. Los duelos fueron muy largos, quizás demasiado para la edad que ella tenía (unos 12 y 14 años respectivamente). Pero los tuvo que aceptar. 

Luna empezó a convertirse en Luna, era el comienzo. Era un poco menos introvertida, un poco más insegura, le pesaban más las miradas, las palabras hacia ella. Aún así, era un cambio sutil, casi imperceptible. De hecho, si el suceder de la vida siguiese como hasta en ese momento, probablemente, Luna seguiría siendo una Luz un poco apagada, pero nada más.

Pero Luna, al principio Luz, vino a este mundo para experimentar el brillo, pero también para experimentar la oscuridad... 

Una oscuridad que pudo haberla apagado para siempre.



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Introducción

Su nombre era Luna. Ahora es Luz.  Su historia, como la de tantas otras personas, tiene claros y oscuros, porque todos somos día y noche...  Ella no espera que os guste, sólo desea que os haga pensar en lo que todos fallamos y en lo que todos podemos hacer para no fallar.  Un abrazo.  Luna/Luz